Pestañas

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marzo 17, 2013

Ha llegado el momento de saltar

Venga como venga, tome la forma que tome, mi futuro acaba de entrar a una fase decisiva. Ya he hecho todo lo que he podido para que las cosas salgan como quiero y, como dijo una buena amiga, la otra mitad queda a merced de mi destino.

De pequeño vivía en una casa con tres cuartos: La cocina-comedor-living, el baño y el dormitorio familiar. Dormía en una misma cama con mi hermano hasta que mi papá y mi mamá compraron una litera. Ellos dormían en una cama al lado de nosotros. Nuestra casa la había hecho mi papá, su hermano y mi abuelo. Era una vida modesta, pero mis padres se esforzaron porque mi hermano y yo tuviésemos la mejor educación que pudiésemos tener. Por eso se sacaban la cresta para poder pagarnos un colegio particular, al otro lado de la ciudad, donde la educación era cuidadosamente impartida. Mi madre nos había preparado mucho dedicándose a proveernos de juguetes que estimularon nuestra imaginación, nuestra mente y nuestras ganas de saber más crecían con cada centímetro que ganábamos. Mi papá nos enseñó las operaciones aritméticas básicas cuando teníamos siete años, y yo entré a la educación básica sabiendo leer. A pesar de que no vivíamos en una casa propia, que no tenía una pieza individual ni muchos amigos, no tengo malos recuerdos de mi infancia. Sé que no fue como la del resto, pero ahora que miro hacia atrás, siento que fue justo lo que necesitaba.

Hace ya trece años, a mitad de la enseñanza básica, nos cambiamos de casa. Salimos del terreno de mis abuelos y mi papá y mi mamá, que habían estado postulando a la casa propia, estaban emocionados porque una nueva etapa comenzaba en nuestras vidas. Nos fuimos relativamente lejos. Era un barrio nuevo, un aire nuevo. Cuando uno es más pequeño no dimensiona mucho las situaciones que vive, y no recuerdo haberme sentido tan distinto cuando recibí mi propia pieza. De hecho recuerdo que hubo un tiempo en que seguíamos durmiendo en el mismo cuarto, hasta que dividimos la litera y cada uno tuvo su propia cama, su propio espacio. Pero insisto: No recuerdo haberme sentido particularmente feliz por tenerlo. Si eso me pasara hoy sería muy distinto.
Ahora vivíamos en un condominio. No sabía que ese tipo de organización vecinal se haría popular durante los siguientes diez años. Más rápido de lo que pensaba estábamos cenando con los vecinos y sus hijos en una mesa de vidrio que mi papá había comprado para el amplio living-comedor que ahora teníamos. Esta nueva forma de vivir me resultaba bastante natural y la vida iba bien. Luego de un año o dos de que llegáramos, mi papá fue despedido de su trabajo. Por un tiempo, mi mamá era la que aportaba para el sustento del hogar, cosa que mi padre pasaría por alto en todas y cada una de las discusiones de ahí en más. Nos cambiamos de colegio a uno más cercano, subvencionado. Pagábamos considerablemente menos y las instalaciones eran, si bien no precarias, mucho menos estrambóticas. Así mismo, nuestros compañeros y compañeras eran tan diversos como colores de pelo hay en el mundo. Creo que fue ésto lo que me hizo comenzar a descubrirme, a entenderme, a saber qué quería, por qué y cómo conseguirlo. Tuve que enfrentarme, de nuevo, a lo que hoy conocemos como bullying, pero como me habían acosado toda la básica y ya estaba harto de que lo hicieran, comencé a responder, a defenderme. Pronto me hice buenos amigos, di mi primer beso, tuve mi primera relación amorosa con una mujer y fui parte del Centro de Alumnos del establecimiento.

Cuando comencé la enseñanza media, ya no era el mismo: Era más seguro, estaba cómodo con quién era, tenía un grupo de amigos, me llevaba mal con otros... No me sentía excluido ni pasado a llevar. Y si alguien lo hacía, a pesar de que no era agresivo ni violento, no me intimidaban. Fui Presidente de mi curso -cargo que no sabía llevar y dejaba que la Vicepresidenta hiciera todo por mi, tuve mis primeros encuentros sexuales con hombres y me emborraché. Cada vez conocía a más gente y me daba cuenta de que me costaba menos relacionarme con distintas personalidades. El tímido y retraído Jeremías de la enseñanza básica rompía el cascarón.
Mientras todo esto pasaba, un muy buen amigo, mi mejor amigo hasta hoy aparecía en mi camino. A lo largo de los años hemos sufrido altos y bajos, pero nos hizo estrechar más el lazo. No hay nadie que me entienda o me conozca más que él.

Luego de unos incidentes adolescentes, decidí cambiarme de colegio. Elegí el Salesiano, colegio masculino de curas. Esa sería una de las primeras decisiones que mi padre me reprocharía a lo largo de mi vida. Hice todos los trámites yo, hablé con todos quienes tenía que hablar y me incluyeron en un curso nuevo, donde habían juntado a diferentes alumnos de diferentes cursos. Fue la primera vez que estaba en un colegio con más de dos letras por nivel. Yo era del cuarto 'g'. Ahí conocí a grandes amigos, me rodeé de más gente y exploré más mi sexualidad tanto con hombres como con mujeres. Haber sido parte de una institución con tantas posibilidades y venir de un colegio en el cual la educación era menos exigente me hizo abrir los ojos a todo lo que podía alcanzar con esfuerzo y dedicación. Aproveché cada minuto en ese colegio y expandí mis horizontes todo lo que pude. Me sentía como una esponja. Y es que no es menor haber podido ir al centro después de clases, fumar en la esquina, hacer la cimarra y otras tantas experiencias que acumulé esos dos últimos años de enseñanza media.

A pesar de que gran parte de mi identidad tiene que ver con mi orientación sexual, nunca dejé que eso me definiera. De hecho, lo que soy hoy, lo que pienso y cómo veo y vivo mi vida puede que, y probablemente sea a raíz de ello; pero no me determina. Soy mucho más que mi orientación sexual.
Digo esto porque, a propósito de mi sexualidad me armé de muchas dudas sobre cómo esta sociedad se configura como lo hace y, más importante, cómo cresta podía aportar yo a generar una sociedad mejor. Creo que la razón de mi elección académica responde a la pregunta por cúales son los factores que permiten el cambio social. Así fue que elegí estudiar Sociología en la Universidad de Concepción, donde los años no pasaron en vano: Mi primera relación estable y duradera, mi relación con la cannabis, la formación política, los carretes universitarios, el crecimiento profesional, los voluntariados, las ayudantías, los viajes... eso y mucho más hicieron historia y dejaron huella en mi. Afiancé mi pasión por la vida y decidí que nunca dejaría morir el pequeño niño en mi.

Actualmente estoy terminando mi carrera, tengo un puñado de amigos y amigas que no soltaré jamás, tengo un perro que me ladra bonito, una familia con la que no vivo pero amo con todo el corazón, cercanía con aquellos y aquellas que me nutren y lejanía con quienes me intoxican. Sé a quién quiero en mi vida y sé cómo trabajar por devolverles todo el amor que me entregan. Sigo siendo un loco, un patiperro, un parlanchín sin remedio. Mis experiencias son mis tesoros, y estoy listo para lo que la vida tenga para mi.

Me la he jugado con todo por hacer de mi camino un camino feliz, lleno de diversión, pero también me he preocupado de plantar semillas mientras le sonreía al mundo. Esperemos que esas semillas se transformen en frutos, pues ha llegado el momento de saltar y saber si la corriente me lleva a donde quiero o me ofrece nuevas posibilidades.

Como sea, haré de mi estancia en este planeta un tiempo de sonrisas. Quiero que mi último aliento esté lleno de felicidad por aquello que hice y que no dejé de hacer.

noviembre 25, 2011

El cuerpo canta, gime y lucha

Chequear el tiempo nunca estuvo demás antes de una marcha, sobre todo si peligraba la estabilidad del acrílico en mi cuerpo. Menos mal, se venía un día exquisito. Mi cuerpo, sus cuerpos y el de Latinoamérica completa lo recibió con alegría, consignas gritadas al viento con los pulmones de la amazonía, con la fuerza del mar y con el tridente sonar de los vientos cordilleranos. Éramos un solo cuerpo y el sol nos invitaba a utilizarlo, a recordar que es en él donde se inscriben las desigualdades y es desde él que podemos responder a ellas.

La cita comenzó mucho antes de la reunión. Comenzó en nuestros corazones. Comenzó mucho antes de la toma, de las manifestaciones: Comenzó en nuestro cuerpo. En la reunión se hizo efectivo nuestro sentir… utilizar la primer arma para luchar se hizo un imperativo por nuestro fervor, nuestras convicciones, nuestro amor por la causa, nuestra hirviente pasión por una sociedad distinta, mejor.

Durante la mañana, mientras afinábamos detalles, conocerse se nos hizo fácil. Conversar sobre el diseño, lo que significó investigar sobre el país designado, reencontrarse con compañeros y compañeras de otras versiones de cuerpos pintados, reírse, compartir la timidez, el pudor, la vergüenza, todos esos elementos impuestos por el sistema represor de los placeres, del erotismo y del cuerpo mismo. Ese sistema que le quita la posibilidad de una vivienda digna a tantas personas que, antes y después del terremoto, esperaban y siguen haciéndolo. Que le quita el conocimiento a tanto productor y productora para industrializar todo y contaminar frutas, verduras, el aire, el agua y todo lo que puede si es que de aquello cae algún suculento cheque. Ese sistema que día a día aplasta a miles de personas, que se hace el ciego ante el gran aporte de la música y las artes en la formación integral de los seres humanos. Ese sistema que, aunque cruel y despiadado, tiene grietas por todos lados; que encuentra fuerte oposición en cada cuerpo resistente, en cada ocupación, en cada marcha, en cada capucha, en cada grito, en cada bomba de pintura, en cada lienzo, en cada pancarta, en cada pie hinchado de tanto caminar: En nuestra vida. Más le vale no creerse el cuento, porque no somos ciegxs ni sordxs, no somos tontxs, no somos simples corderos que caminan hacia el matadero. Somos seres concientes y no tenemos miedo.

"Esclavo puede ser el cuerpo, pero libre tenéis el alma para volar un día a la libre mansión de los escogidos”.

Parafraseando a Galeano, y con representaciones de América Latina en la carne, salimos a tomarnos las calles junto a miles de manifestantes que en todo Chile y en todo el continente se unían declarando fuerte que la ciudadanía tiene las cosas claras y no se achuncha con el rugido del depredador. Nosotrxs rugimos más fuerte. Fue en Perú, en México, en Ecuador, en Costa Rica, en Paraguay, en El Salvador, en Argentina, en Bolivia, en Uruguay, en Guatemala, en Brasil, hasta en Canadá, Francia y Alemania que se unieron las manos, las voces y cantamos todxs la canción del despertar. De un despertar que no significa el final de un sueño, sino el progresivo avance hacia él.

Aplausos, risas, caras sorprendidas y reencuentros con emociones de antaño se sintieron al caminar. Nos encontramos con la manifestación en la Plaza de la Independencia, donde secundarios, universitarios, trabajadores y hasta familiares fueron público y artistas del escenario que colectivamente se formaba junto a nosotrxs. Somos parte del mismo ímpetu; somos juntos un mismo espíritu.
En definitiva, el cuerpo está activo ya sea marchando, gritando, sujetando un lienzo o cubierto con pintura. El cuerpo de América Latina se movía completo y tuvimos el honor de representarlo.

El cuerpo es un espacio político, así como todo en nuestra vida. Lo que hagamos o dejemos de hacer con él siempre será un discurso sobre nuestras convicciones. En nuestro cuerpo se inscriben valores, normas, esperanzas, castigos, represiones y liberaciones. Desde aquí es que se lucha pues por medio de él nos comunicamos. Liberarse de códigos añejos y opresores puede ser un paso hacia una sociedad, esa sociedad que queremos. Una mejor.

Agradezco a las 21 personas que caminaron hoy conmigo. Agradezco a lxs pintorxs, a lxs espectadores, a lxs fotógrafxs, a quienes aplaudieron y a quienes se sintieron ofendidxs. Agradezco a todxs quienes marchan, a todxs quienes veo siempre los jueves, a todxs quienes han perdido el miedo. Agradezco a todxs mis amigxs, esos que han estado ahí para alentarme, con lxs que me encuentro en cada marcha. Les agradezco, porque es en ese lugar y es con ellxs con quien sueño un mundo distinto. Y es con ellxs con quien lo construyo.

ARRIBA LXS QUE LUCHAN

Versión con imágenes en Metiendo Ruido.

noviembre 20, 2011

Un manojo de vividez

He guardado casi todas las cosas que me parecían necesarias de guardar. Está todo respaldado, claro que en cientos de partes diferentes: Unas en un compu de una amiga, otras en alguna tarjeta de memoria, otras en un sitio en internet... Pero ya está casi listo. Estoy preparado para el formateo, y creo que será una buena parte de mi vida virtual. Y es que es increíble lo que, en este momento, significa para mi un formateo. Es algo bastante trivial, algo que muchos y muchas hacen constantemente por un tema de responsabilidad electrónica, pero en el camino hacia ello me he encontrado con muchas cosas viejas, con recuerdos y escritos que me llevan a lugares que me entregan ternura e inocencia. El pasado, mi pasado aparece frente a mi en un intento por reagrupar mis experiencias -virtuales- y darles un nuevo curso.

Me parece increíble que nadie haya pensado en esto antes. Más bien, que no lo haya comentado yo mismo. El formateo realmente me está sucediendo al mismo tiempo que recurro a viejas amistades y rearmo mi vida. Estoy soltero hace unos meses, este año ha sido especial en varios sentidos y queda poco para que se acabe. Los ciclos se van cerrando y estoy agarrando todas mis vivencias para reanalizarlas y evaluar dónde cresta estoy parado, hacia dónde voy y cómo quiero llegar allá. Menos mal tenía ya una idea de lo que quiero ser, asi que mucho trabajo no queda de aquí en adelante. Le agradezco a todas las personas que se han cruzado conmigo todas sus críticas, porque me han ayudado a ser más asertivo y tenerme más en cuenta. En serio gracias por decirme que pare, que siga, que estoy puro webiando o que realmente lo hago bien. Sólo no hubiera podido.

Hace unos minutos leía entradas antiguas. Viejas ya, del 2008, y me llamaba la atención mi forma de escribir. Mi forma, incluso, de pensar. Vaya que he crecido en estos años. ¡Y aún sigo sintiéndome un pendejo! Pero qué, si las ansias de vivir y equivocarme no creo que se me acaben. Es parte del cómo disfruto mi vida, y es algo que no quiero abandonar. Eso sí, he abandonado progresivamente este adoctrinamiento rancio que el sistema -por medio de todos sus entes socializadores- se encargó de meterme en la cabeza. Dogmas estúpidos que realmente me alejaban de todo lo que es bueno de la vida. Y he tenido que sumergirme en ellos, en esas pautas rígidas e inamovibles, para poder sentir el exceso de ellas. Para aborrecerlas, para realmente entender no sólo desde fuera lo que son, sino desde dentro, en mi cuerpo.

¡Cuánta gente ha quedado atrás! Recién miraba la lista de conectados en facebook y me sorprendía sabr que, a pesar de que publicaré esta entrada en mi perfil, no me gustaría discutirla con mucha gente. Y hay varias personas que fueron importantes para mi, muchas que me escucharon con atención, otras que me criticaron cuando era necesario... Un día alguien me dijo que mis relaciones amistosas son inestables, que luego de un tiempo me aburro de alguna característica en específico y simplemente boto a la gente. Me parece que fue un análisis muy superficial, pues las amistades que forjo sé que son para toda la vida. Porque alguna vez me dijeron "no importa cuánto tiempo pases con alguien, lo que importa es que la relación que se construyó tuvo cimientos fuertes". Y es precisamnte eso lo que intento sostener: una relación fuerte desde la base, pues todos y todas necesitamos nuestro espacio -me gusta la soledad, pero eso no significa que abandono a nadie. Es sano darse un tiempo para descansar del mundo, y eso implica también esas relaciones que, en mi caso, son increíblemente intensas, y eso también agota.

Queda caleta por avanzar, por crecer. Me quedan pelos por salir, así que de aquí a allá tengo que estar más atento. Espero que el formateo cumpla su función, cualquiera que sea (aún estoy tratando de descubrirla), porque dejaré muchas fotos, textos y programas atrás. Estoy seguro que me reencontraré con varios, y espero que nuestra relación se nutra con sus actualizaciones y las mías. 

Viene una nueva etapa y, como siempre, estoy ansioso de lo nuevo.

julio 24, 2011

Ellas, expresión de la divinidad

Ayer viví una experiencia que dificilmente podré olvidar.

Luego de anoche, en una de las incontables vueltas que le doy a todo, me di cuenta de que había algo que acaba de entender y me alegraba de hacerlo, porque en alguna medida forma parte de la caja donde se guarda el secreto de mi cosmovisión; y todo a partir de la diferencia entre cómo se toca a una mujer y cómo se toca a un hombre.

Puedo estar generalizando, y lo más probable es que así sea, pero creo que hay diferencias bien marcadas en cómo se abordan los cuerpos con los cuales uno suele entrar en contacto. Y es cosa de referirse a uno mismo, por ejemplo.

¿Qué habrá en los hombres que preferimos un poco más la brusquedad? ¿Qué hace que un apretón, un mordisco o incluso un juego violento nos excite tanto? Puedo estar loco y terminar pareciendo más freak de lo que ya parezco, pero suelo empalmarme con aquellas situaciones. Es fácil para mi hacerlo, de hecho. Mi erotismo es rápido, hacia afuera, expulsor y extravertido. Basta con que mi cuerpo contacte a otro, lo sienta cerca para comenzar a sentir esas típicas ansias contenidas que en cualquier momento se dejan escapar y terminan girando en universos paralelos convertidas en remolinos vortiginosos. Es así de simple. Eso me basta.

Muy, muy ljos de ello, anoche una mujer me enseñaba como tocarla. Es precisamente esta parte de la noche la que me motiva a escribir esto, porque la diferencia que hay entre cómo despierto yo y como despertaba ella es sutilmente abismal.

Por mucho que le gustaba jugar conmigo bruscamente, no tenía mucha relación con su propia excitación. Le divertía, era claro; pero su deseo no se hacía expreso en ello. Más bien se aprovechó del mio, sin que yo pusiera resistencia real. Fue luego de varias horas de entremeses y conversaciones descontextualizadas que accedió a enseñarme, a ser mi tutora de su cuerpo. Nada de apretones, rasguños, palmadas ni posesión. Su cuerpo no era mio. Simplemente tenía un permiso limitado, el cual debía aprovechar para aprender que lo único permitido eran roces. Y se retorcía.

No había que confundir roces con suavidades aburridas, porque a la hora de acercarme, las cosas cambiaban y eran un poco más igualitarias: la pasión se hacía manifiesta en mi mano, en su cuerpo y los dos disfrutábamos de lo exquisito del placer dado y recibido. Me sorprendía saber que no todo estaba donde yo pensé que estaba, que su cuerpo no tenía nada de superficial, y que era hermoso tocarla así.

Esos recreos fueron decidores: nos pudimos decir mucho. No fue solo aprender a tocarla, sino aprenderla entera. Saberla, conocerla. Me estaba dejando entrar, adentrarme en ella y ya no tenía ninguna verguenza. Yo daba gracias a los dioses.

De a poco, y no sé en qué momento, decidimos que era bueno dejarnos llevar.

Lo que siguió fue indescriptible.

Fue horas después que comprendí que aprender a tocar a una mujer es un requisito para compenetrarse con la divinidad. Que el sexo es un culto a una diosa que no conozco, pero que siento en mi propio cuerpo cuando estoy con ellas. Que lo diferente es escencialmente de otra dimensión, pues yo soy tan terrenal como la tierra y ellas tan superiores como la semilla. ¿Que qué tiene que ver? Pues una semilla no simplemente se planta, sino que se cuida. Se hace necesario, para que germine, que ciertas condiciones estén dadas. Cuando crece, es imperante establecer una relación con ella, y si ésta es fructífera nos regalará sus pétalos al final de su período, cuando ya no sea semilla sino planta.

No me interesa más que conocerlas, aprehenderlas, porque me llevan a un lugar que no conocía y del cual no quiero volver.

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